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Confidencias. Visionarios

Carla Simón, el reflejo (brillante) de la ausencia

Begoña Gómez Urzaiz
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Esta cineasta perdió a sus padres víctimas del sida cuando tenía seis años. Ahora narra su primer tramo de vida sin ellos, y cómo este suceso cambió su existencia, en la premiada película ‘Verano 1993’.

miércoles 28 de junio de 2017

EL MISMO día en que enterraron a su madre, Carla Simón empezó a llamar a sus tíos “papá” y “mamá”. Eso no lo ha puesto en su película Verano 1993 porque “no se lo creería nadie”. La realizadora, de 30 años, tenía 6 cuando su madre falleció de sida —­tres años antes había ocurrido lo mismo con su padre— y la llevaron a vivir con su nueva familia a Les Planes d’Hostoles, un pueblo de la comarca catalana de la Garrotxa. Fueron las fotos caseras de aquel verano las que marcaron la estética y el tono de su filme, que ganó el premio a la mejor ópera prima en la pasada Berlinale y la Biznaga de Oro en el Festival de Málaga, y que se estrenará el próximo 30 de junio.

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Simón empezó a darse cuenta de lo que tenía entre manos cuando se encendieron las luces tras la primera proyección en Berlín y vio que apenas quedaban espectadores con los ojos secos. Ahí culminaba un proceso que había empezado unos años antes, cuando estudiaba cine en Londres, y escribió en una semana el primer borrador del guion. “En un taller, una script doctor me dijo: ‘No veo a la madre’. Y lo aluciné. ¿Cómo que no ves a la madre? Esa quizá fue la parte más triste del proceso, darme cuenta de que no tengo recuerdos de ella ni los voy a tener. Así que cogí sus cartas, visité los sitios donde escribió esas misivas, rodé un corto llamado Llacunes (Lagunas) solo para mí, hablé con la familia y con sus amigos, y de ahí surgió su retrato. Tenía que reflejarla en ausencia”, cuenta la directora. Neus desde luego que está. Aparece en una escena prodigiosa en la que las dos niñas juegan y Carla, que en la película se llama Frida, le dice a su hermana que está “cantidad de cansada” y que “se enrolle” y se porte bien. “Eso sale de sus cartas, esa manera de hablar tan de la época”, confiesa Simón.

Lo más complicado de dar con el reparto no fue solo encontrar actores que le recordaran a su propia familia, sino conseguir dos niñas que sostuvieran el largometraje, rodado a base de planos secuencia “muy poco virtuosos”, pensados para dar libertad a las pequeñas. Por suerte, aparecieron Laia Artigas y Paula Robles en los cástines. Simón se dedicó durante meses a convivir con sus parientes de ficción. Su verdadera hermana sale en la película, haciendo de tía, y su hermano, que nació más tarde, se ha encargado de la música.

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Hacer Verano 1993 no ha sido para ella ni catártico, ni terapéutico. “No tenía nada de lo que curarme, pero sí me ha hecho madurar y ha sido bonito conocer la historia desde otros puntos de vista, incluso el de mis abuelos”. Simón ha sido capaz de ponerse en la piel de esa pareja mayor “muy, muy de derechas, a los que les salieron siete hijos a cuál más de izquierdas”. También ha llegado a comprender a sus padres biológicos. “De adolescente sí que tuve mi momento de pensar: ‘Esta gente, qué irresponsable’. Yo era antidrogas, antitodo, pero ahora no les juzgo. Vivieron la muerte de Franco y querían experimentar, no se conocían las consecuencias. Lo veo como un simple caso de mala suerte. De hecho, mi madre murió en 1993 y en 1994 se introdujeron los retrovirales que han salvado a tanta gente de su generación”.

POR Begoña Gómez Urzaiz