/ Ilustración de Mikel Jaso

En nuestra sociedad, las enfermedades psiquiátricas más comunes se entienden como debilidad. Normalizar su tratamiento es el reto.

domingo 24 de abril de 2016

PADECER hipertensión arterial no te convierte en cardiólogo ni tener un hermano con diabetes en endocrinólogo. Siguiendo el mismo razonamiento, no todos somos psiquiatras.

Al hablar de psiquiatría es sabio quien reconozca su ignorancia y no se pronuncie o lo haga con criterio: quizás desde una experiencia personal, sesgada. Quien aun desconociendo esta disciplina globalmente la critique sin discernimiento será, cuando menos, imprudente.

Entre la psiquiatría y cualquier otra especialidad médica no existen grandes diferencias. Algunas enfermedades mentales son una continuidad de la normalidad, como es normal tener ácido úrico en la sangre y no todos sufrimos gota.

¿Dónde radica el problema? En el diagnóstico. Si una persona es tímida, es tímida: no tiene una fobia social; y si una persona está triste, está triste: no tiene una depresión. Se confunden rasgos de personalidad o sentimientos normales con enfermedades, y ese es uno de los grandes escollos de la psiquiatría clínica.

Muchos pacientes acuden al médico “diagnosticados”, si no por sí mismos, por un bienintencionado familiar o amigo. Solo en ocasiones aciertan: “Efectivamente, tiene usted una glomerulonefritis”. Apuesto que a pocos nefrólogos les sucede esto cada día. A los psiquiatras sí: “Ciertamente, tiene usted una depresión”, o bien no la tienen y tenemos que explicarles en qué consiste realmente.
Dónde termina la normalidad y empieza la enfermedad, dónde el sufrimiento psíquico deja de ser una vivencia “sana” tras una experiencia dolorosa, cuándo este dolor podría ser hasta “deseable” para el crecimiento emocional, y cuándo no solo no va a servir para crecer sino que puede resultar invalidante porque no es “normal”, porque ha cruzado la línea y se acompaña de otra serie de síntomas, graves, incapacitantes: una enfermedad mental que requiere un tratamiento.

Si esto queda claro, el debate actual sobre los excesos en el uso de psicofármacos no estriba tanto en el tratamiento como en el diagnóstico, y sobre todo y lo más preocupante es que la depresión como enfermedad mental ha quedado relegada a un signo de debilidad personal que banaliza el inmenso sufrimiento que produce.

Si ya de por sí es un síntoma típico que el enfermo se culpe de lo que le sucede, de su incapacidad, de su minusvalía, de “haberse dejado vencer”; el entorno y la sociedad refuerza esta percepción responsabilizándolo tanto de su debilidad como de una supuesta capacidad para salir adelante a través de heroicos esfuerzos. Es como pedirle a una persona con las manos escayoladas que restaure un goya.
En la vida cotidiana existen miles de excusas para justificar el fracaso y nunca una buena razón. En medicina no ocurre lo mismo. La depresión no es fracaso, es una enfermedad, y sí existe una razón –a menudo multifactorial pero básicamente biológica–, pero, a pesar de esta evidencia, seguimos buscando excusas. Las sigue persiguiendo el paciente, las sigue escudriñando el entorno, las sigue exigiendo la sociedad. A medida que encontramos esas supuestas justificaciones, aparece la culpa, y es entonces cuando el sufrimiento se convierte en vergüenza. La vivencia es de autoboicoteo constante.

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Ilustración de Mikel Jaso

Si bien es cierto que acudir a las consultas de psiquiatría y psicología ha dejado de ser un tabú como era hace unas décadas, no lo es menos que padecer una depresión incapacitante sigue necesitando para muchos una justificación exógena, y al carecer de ella o ser esta insuficiente, atribuyen los síntomas a una debilidad personal.

La importancia del diagnóstico es vital. Efectivamente, la depresión, las lumbalgias y otras enfermedades difícilmente objetivables mediante pruebas complementarias han motivado un uso fraudulento de la enfermedad. Un profesional correctamente entrenado distingue una “verdadera” depresión de una reacción adaptativa con síntomas depresivos –que puede producir un enorme sufrimiento, pero su tratamiento y pronóstico son diferentes–. No es tan difícil, y aunque a veces cueste explicarlo o falte tiempo en las consultas para hacerlo, es nuestro deber intentarlo.

Muchos enfermos con depresión acuden a las consultas avergonzados. Otros ni siquiera lo hacen. Muchos se presentan y, cuando son diagnosticados y se les recomienda tratamiento, lo rechazan. Todo esto tiene un nombre: estigma. En pleno siglo XXI no podemos permitirnos tanta ignorancia ni tanto prejuicio. No es el dolor lo que nos hará libres, es el conocimiento.


Psicofármacos y falsos mitos

—    Las cifras altas de azúcar o colesterol mejoran con dieta y ejercicio regular, que pueden llegar a evitar el tratamiento farmacológico. Sin embargo, nadie cuestiona que quienes padecen estas patologías decidan tomar medicamentos –no exentos de efectos secundarios y a cargo del erario público– en lugar de mejorar su actividad física y régimen alimentario. La percepción cambia si se trata de una persona que sufre estados leves de ansiedad o depresión y toma fármacos para mejorar su calidad de vida.

—    En estos casos, el ejercicio, la dieta y psicoterapia es lo ideal, pero ¿por qué unos están obligados a esforzarse y otros no? En términos de funcionalidad y prevención, habrá que considerar el síntoma psiquiátrico como uno más.

—    El debate es bienvenido, pero con criterio. Alejémonos de falsos mitos. Los psicofármacos bien utilizados sirven para tratar síntomas; ni transforman a las personas ni les hacen pensar de manera diferente. No convertirán este planeta en un mundo feliz.

POR Lola Morón

Nacida en El Aaiun en 1971, es psiquiatra y experta en neuropsiquiatría. Su formación pasó por la Universidad Complutense de Madrid y la Universidad de Queens (Canadá), y en ambos ha sido también profesora. Es responsable de la Unidad de Neuropsiquiatría del Hospital Clínico San Carlos.