carta blanca

William Chislett

2 min.

Ya nunca regresaste

Tras la Guerra Civil, el escritor Arturo Barea se exilió en Reino Unido, donde permaneció hasta su muerte. Su estudioso y admirador reivindica su figura.

domingo 01 de octubre de 2017

COLUMNISTAS REDONDOS WILLIAMCHISLETT

QUERIDO ARTURO:

Pasé los primeros seis años de mi vida (1951-1957) viviendo en un pueblo del condado de Oxford. Nunca imaginé que me encontraba tan cerca de tu hogar en Faringdon, aunque eso lo descubrí después. Falleciste en 1957 a los 60 años, tras 18 de exilio. ¡Ojalá hubieras tenido una vida más larga! Te fuiste sin ver publicada en España La forja de un rebelde. Prohibida por el régimen de Franco, tu trilogía autobiográfica vio la luz en 1977, casi 30 años después de su aparición en inglés con traducción de tu esposa, la austriaca Ilse.

Te gustaba cocinar recetas españolas, quizá porque te recordaban a tu patria. La nostalgia suele empezar por el estómago

Descubrí tu existencia en la serie de televisión homónima que dirigió Mario Camus y a partir de ahí nunca nos hemos separado. He llegado a conocerte mejor a través de los homenajes que te hemos organizado, restaurando tu lápida conmemorativa, colocando una placa sobre la fachada de The Volunteer, tu pub favorito, ambos en Faringdon, y logrando que se le diera tu nombre a una plaza de Lavapiés, el barrio de tu infancia. Espero que este año el Ayuntamiento de Madrid instale una inscripción en tu memoria en la fachada de lo que fueran las Escuelas Pías, también en Lavapiés (hoy día una magnífica biblioteca de la UNED), donde estudiaste hasta los 13 años y cuya quema en 1936 presenciaste. Habrá, además, una exposición sobre tu vida y tu obra en el Instituto Cervantes de Madrid en diciembre, basada principalmente en mi archivo.

Te gustaba cocinar recetas españolas, quizá porque te recordaban a tu patria. La nostalgia suele empezar por el estómago. Al contrario que un amigo tuyo, sindicalista inglés que murió este año, yo no hubiera rechazado los calamares en su tinta que preparaste cuando le convidaste a comer por primera vez, porque no le agradaba la pinta que tenían.

Nunca regresaste a España. Lo que sí volvió fue tu Underwood, la voluminosa máquina de escribir que ahora ocupa un lugar de honor en la casa de un conocido escritor español. Precisamente el protagonista de una novela suya, centrada en la guerra civil española, está en cierta medida inspirado en tu figura. Antes de llegar a sus manos, la máquina pasó por varios dueños. Cuando falleciste, Ilse se la regaló a tu dentista, un buen amigo tuyo, y posteriormente pasó a manos de una amiga de la hija de éste, que la trajo consigo cuando vino a vivir a España.

He visto algunos de tus originales escritos a máquina, en Londres, en casa de tu sobrina Uli, que vivió contigo y con Ilse en tus últimos años. ¡Qué tarea más laboriosa debió de ser para ti marcar a mano todos los acentos, que no existen en el teclado inglés! Me imagino que te alegraría saber que Uli ha decidido donar tu archivo a la Bodleian Library de Oxford, pues fue en Inglaterra donde encontraste la tranquilidad de escribir después de ser testigo de tantos sufrimientos y horrores, y no a la Biblioteca Nacional de Madrid.

Tras tu muerte Ilse regresó a Viena, su ciudad natal, y una de las pocas cosas que se llevó consigo fue el manuscrito de La forja; pero cuando murió en 1973 lo tiraron a la basura: parece que nadie en su familia fue consciente de su importancia. ¡Menudo desastre!

Un ferviente admirador.

POR William Chislett