Navegar al desvío

Manuel Rivas

3 min.

Un besazo, nomás

Domingo 02 de Octubre de 2016

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sOY, COMO TÚ, una colección de quarks, gluones, electrones y fotones”. Y también: “Soy, como tú, una persona pensante”. Esto de pensante no está mal, pero me resulta mucho más erótica una declaración que comenzase así: “Amo tus quarks, gluones, electrones y fotones”. Sobre todo los quarks. Estoy deseando salir a la calle y escribir a modo de grafiti en una esquina: “¡Amo tus quarks!”, justo en esa pared donde resiste la pintada que nos sigue conmoviendo: “No sé lo que pensás tú, pero para mí sos perfecta”. Besarse como dos pensantes tiene su encanto, incluso el beso ilustrado, pero no puedo evitar que me resulte mucho más excitante la idea de besarnos como dos colecciones de quarks, gluones, electrones y fotones en ese campo gravitatorio que es nuestro espacio.

Somos una cosa y la otra, una pensante colección de quarks, uno de los curiosos diseños de la naturaleza a los que presta atención Frank Wilczek, Nobel de Física en 2004, en El mundo como obra de arte, publicado recientemente en castellano por la editorial Crítica. Es uno de esos libros a los que miras con gratitud después de cada encuentro. Una de nuestras herencias educativas más dañinas fue la bélica frontera establecida entre Ciencias y Letras. De estudiante, llegaba un momento en que tenías que alistarte en una de esas dos facciones medievales.

En la ignorancia, uno descubre un día que las flores más extraordinarias son las de los cactus. Para mí, los números, la física y la química, eran un campo de cactus. Ahora, y cada vez más, me asomo, y asombro, por esa tierra escondida. Parte de la mejor ficción que he leído últimamente está en libros científicos. Digo ficción porque esa es la forma en que las leo, un avanzar laborioso en lo desconocido, hasta que el cuento se revela como una verdad oculta.

Parte de la mejor ficción que he leído últimamente está en libros científicos.

Veamos: “El gemelo que ha vivido en el mar se encuentra con que el gemelo que ha vivido en la montaña es algo más viejo que él”. ¿No es el principio de un relato? Sí, podría ser. Pero es un cuento real, una verdad científica, que nos explica Carlos Rovelli en sus Siete breves lecciones de física (Anagrama): A partir de Einstein sabemos que no sólo se curva el espacio, sino también el tiempo, que, en la Tierra, transcurre más deprisa arriba y más despacio abajo.

“No somos nada”. Siempre me ha interesado esa frase demoledora que se usa para confortar en momentos dramáticos. En realidad, deberíamos decir: “Somos nada”. Esa es la conclusión de otro libro amigo, uno de esos vagabundos eficaces que van diciendo verdades: Antimateria, magia y poesía, de los físicos José Edelstein y Andrés Gomberoff, y editado por la Universidad de Compostela. Los autores rescatan la pregunta que Leibniz formuló hace tres siglos: “¿Por qué hay algo en lugar de nada?”. (¡Eso sí que es preguntar! Vale por un curso de periodismo). He aquí una respuesta: “El universo es dialéctico y, si bien necesita algo, cuando menos una imperfección a la que denominar vida, precisa también de la nada”. Y de mucha nada: la energía de la nada, la “energía oscura”, representa el 70% del contenido energético del universo.

Me gusta la palabra “imperfección” para denominar a la vida. No la veo incompatible con las “dos obsesiones” que según Wilczek son el sello artístico de la naturaleza: “La simetría (amor por la armonía, el equilibrio y la proporción) y la economía (satisfacción en producir efectos abundantes a partir de unos medios muy limitados)”.

La ciencia, esta ciencia poética, coloca una barbaridad. Con el pensamiento y los quarks excitados, tuve la sensación de vivir un episodio de hipertimesia, la ­capacidad de alumbrar en la memoria todas las imágenes de la vida. Pero yo también tengo mis obsesiones. Y lo que veía de forma intermitente, pertinaz, entre naturalezas vivas y muertas, era un beso. Un beso que convertía en algo toda la energía oscura de la nada. Un beso en el que sentías el activismo invisible de todos los quarks. Un beso cuyo espacio era la gravitación. Un beso imperfecto, ­dese­quilibrado, que buscaba armonía, equilibrio, e incluso esa economía que tiene la satisfacción de producir efectos abundantes a partir de medios limitados. La nueva ciencia dice que el universo es espacio y materia a la vez. “Una entidad que ondula, se dobla, se curva, se tuerce”. Un besazo, nomás.

POR Manuel Rivas

Escritor, poeta y ensayista nacido en A Coruña en 1957. Ha compaginado su trayectoria periodística en radio, prensa y televisión con su faceta de escritor. En 2009 fue elegido miembro de la Real Academia Galega. Premio nacional de Narrativa (1996), se le otorgó en cuatro ocasiones el premio de la Crítica.