carta blanca

Sergio Ramírez

5 min.

Querido padre

Su padre quiso que fuera abogado para sacarlo de la miseria. En la universidad, el escritor nicaragüense cambió para siempre su destino.

Domingo 07 de Mayo de 2017

COLUMNISTAS REDONDOS SERGIORAMIREZ

NO OLVIDO tu empeño en que yo debería ser abogado, el primero entre mis más de 50 primos hermanos en obtener un título profesional, no quedarme nunca atrás viniendo como veníamos de una familia de músicos pobres, mi abuelo y sus hijos, que se ganaban la vida tocando en todo lo que les viniera a mano, bailes galantes, procesiones de santos, misas de gloria, entierros solemnes y lo mismo serenatas, no pocos de mis tíos también compositores bohemios de valses, foxtrots y boleros, menos vos, que te negaste rotundamente a hacerte cargo del contrabajo, pesado de cargar en las andanzas musicales, y mejor te decidiste por el comercio abriendo la tienda frente a la plaza, esquina con la iglesia parroquial, donde todas las tardes recalaban tus hermanos de la orquesta Ramírez antes de que el repique de las campanas los convocara para tocar el rosario de las seis, y ese tiempo de espera se iba en un jolgorio de risas, historias de engaños amorosos y negocios fracasados contados a distintas voces, y nadie se salvaba de aquella insidia festiva en la que menudeaban los apodos, ni siquiera ellos, que se burlaban sin piedad de sí mismos, aun de sus desgracias.

Nunca contradije tu voluntad de convertirme en letrado, cuyo destino era vencer en juicio al más docto y temible de los adversarios, llegar a magistrado, ser notario de propietarios ricos

Nunca contradije tu voluntad de convertirme en letrado, cuyo destino era vencer en juicio al más docto y temible de los adversarios, llegar a magistrado, ser notario de propietarios ricos, porque aquel era una apuesta al todo que era el título profesional, o al nada que campeaba en tu insistencia en recordarme que las penurias de la pobreza, siendo vos parte de una familia de 12 hermanos, no te habían permitido pasar del tercer grado de primaria, lo suficiente para hacer las cuentas de la tienda y escribir la lista de los clientes que compraban mercancías al crédito, cereales, queso, querosín, velas, cigarrillos, fósforos, latas de sardina, telas por yarda, medias de seda, calcetines, blúmeres, talcos y lociones, sobre el piso ajedrezado aquel anuncio que colocaste, una pareja recortada en cartón, tamaño natural, el caballero galante vestido de esmoquin tropical, el cabello bien peinado con brillantina Glostora, ella de ceñido traje escotado que se deshacía en vuelos como la espuma.

La tienda pagaría mis estudios, no importaban en adelante las estrecheces, y fuiste a dejarme en tren a León, donde estaba la universidad, para entregarme a un mundo ajeno y diferente del que ya nunca regresaría, atrás para siempre la quietud de las noches cuando antes de cerrar la tienda entraban los cazadores de venados a comprar pilas para los focos de cabeza y municiones de rifle 22, porque la vida allá lejos comenzó a ser distinta para mí a los 17 años, aulas atestadas de estudiantes principiantes, manifestaciones callejeras contra la dictadura de Somoza, una de ellas disuelta a balazos apenas a semanas de mi llegada con dos de mis compañeros de banca asesinados, y antes de presentarme delante de vos con mi título de abogado y notario público primero te llevé mi primer libro de cuentos, no me habías enviado a hacerme escritor sino doctor en Derecho, y temí entonces lo que iba a decirme un tendero que no leía libros, que de escribir no se come, primero la maldición de la música y ahora la maldición de la literatura, pero tomaste el pequeño volumen entre tus manos, le diste vuelta al revés y al derecho, lo hojeaste, y entonces alzaste la vista y me dijiste: ahora tenés que escribir una novela. —epso olvido tu empeño en que yo debería ser abogado, el primero entre mis más de 50 primos hermanos en obtener un título profesional, no quedarme nunca atrás viniendo como veníamos de una familia de músicos pobres, mi abuelo y sus hijos, que se ganaban la vida tocando en todo lo que les viniera a mano, bailes galantes, procesiones de santos, misas de gloria, entierros solemnes y lo mismo serenatas, no pocos de mis tíos también compositores bohemios de valses, foxtrots y boleros, menos vos, que te negaste rotundamente a hacerte cargo del contrabajo, pesado de cargar en las andanzas musicales, y mejor te decidiste por el comercio abriendo la tienda frente a la plaza, esquina con la iglesia parroquial, donde todas las tardes recalaban tus hermanos de la orquesta Ramírez antes de que el repique de las campanas los convocara para tocar el rosario de las seis, y ese tiempo de espera se iba en un jolgorio de risas, historias de engaños amorosos y negocios fracasados contados a distintas voces, y nadie se salvaba de aquella insidia festiva en la que menudeaban los apodos, ni siquiera ellos, que se burlaban sin piedad de sí mismos, aun de sus desgracias.

Nunca contradije tu voluntad de convertirme en letrado, cuyo destino era vencer en juicio al más docto y temible de los adversarios, llegar a magistrado, ser notario de propietarios ricos, porque aquel era una apuesta al todo que era el título profesional, o al nada que campeaba en tu insistencia en recordarme que las penurias de la pobreza, siendo vos parte de una familia de 12 hermanos, no te habían permitido pasar del tercer grado de primaria, lo suficiente para hacer las cuentas de la tienda y escribir la lista de los clientes que compraban mercancías al crédito, cereales, queso, querosín, velas, cigarrillos, fósforos, latas de sardina, telas por yarda, medias de seda, calcetines, blúmeres, talcos y lociones, sobre el piso ajedrezado aquel anuncio que colocaste, una pareja recortada en cartón, tamaño natural, el caballero galante vestido de esmoquin tropical, el cabello bien peinado con brillantina Glostora, ella de ceñido traje escotado que se deshacía en vuelos como la espuma.
La tienda pagaría mis estudios, no importaban en adelante las estrecheces, y fuiste a dejarme en tren a León, donde estaba la universidad, para entregarme a un mundo ajeno y diferente del que ya nunca regresaría, atrás para siempre la quietud de las noches cuando antes de cerrar la tienda entraban los cazadores de venados a comprar pilas para los focos de cabeza y municiones de rifle 22, porque la vida allá lejos comenzó a ser distinta para mí a los 17 años, aulas atestadas de estudiantes principiantes, manifestaciones callejeras contra la dictadura de Somoza, una de ellas disuelta a balazos apenas a semanas de mi llegada con dos de mis compañeros de banca asesinados, y antes de presentarme delante de vos con mi título de abogado y notario público primero te llevé mi primer libro de cuentos, no me habías enviado a hacerme escritor sino doctor en Derecho, y temí entonces lo que iba a decirme un tendero que no leía libros, que de escribir no se come, primero la maldición de la música y ahora la maldición de la literatura, pero tomaste el pequeño volumen entre tus manos, le diste vuelta al revés y al derecho, lo hojeaste, y entonces alzaste la vista y me dijiste: ahora tenés que escribir una novela.

POR Sergio Ramírez