Maneras de vivir

Rosa Montero

3 min.

El camino al futuro

Estamos en una frontera crítica con respecto a nuestra relación con los robots. El momento es fascinante, al mismo tiempo prometedor y peligroso.

domingo 30 de julio de 2017

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BOSTON Dynamics es una de las firmas de ingeniería robótica más importantes del mundo. Era propiedad de Google, pero hace unas semanas la vendieron al grupo japonés SoftBank. Si entráis en la página de la empresa podréis ver vídeos de sus cuatro robots estrella: Spot, Atlas, que es el único antropomórfico, SpotMini y sobre todo el alucinante y atlético Handle, un cacharro más grande que una persona, con brazos y ruedas en los pies. Las películas son breves e impactantes. Los ingenieros patean, arrojan al suelo y fastidian a Spot y Atlas, que vuelven a levantarse con trabajosa y estoica entereza, creando en el espectador una empatía curiosa, el deseo de protegerlos y de atizarle un sopapo al técnico abusón. Pero Handle, ah, Handle es otra cosa. Handle admira y sobrecoge. Es la más reciente creación de Boston Dynamics y, al ver su poderío, una no puede evitar cierto desasosiego, la inquietante sensación de que los robots se nos pueden merendar a los humanos en un santiamén.

Y lo más turbador es que, en efecto, estamos en una frontera crítica con respecto a nuestra relación con los robots. En primer lugar, por la desaparición masiva de empleo que conllevan. Un estudio de la Universidad de Oxford calcula que se destruirán 1.600 millones de puestos de trabajo en los próximos 18 años. La OCDE asegura que un 12% de los empleados españoles pueden ser sustituidos por robots en un plazo breve, y Comisiones Obreras vaticina que en 2020, dentro de apenas una docena de años, el 26% de los puestos de trabajo mundiales (uno de cada cuatro) estarán desem­peñados por máquinas. Y no sólo peligra la mano de obra, sino también el trabajo de mesa: en mayo, una empresa de seguros japonesa montó una plataforma de inteligencia artificial que sustituyó a 34 de sus administrativos. Si googleáis Will robots take my job? (¿Me quitarán los robots mi empleo?) podréis acceder a una página que está teniendo un éxito tremendo y que calcu­la tu futuro laboral basándose en el estudio de Oxford. Basta con escribir a qué te dedicas (en inglés, eso sí) y enseguida aparece tu porcentaje de riesgo. Impresiona.

Algunos utilizan el ludismo como prueba de que no hay que tener miedo a la automatización, porque destruye empleos, pero crea otros

Ya ha sucedido antes, por supuesto. Es bien conocida la rebelión ludita, esos artesanos ingleses que se dedicaron a destruir las nuevas máquinas textiles a principios del siglo XIX. Entre ellos sin duda habría retrógrados que se oponían al progreso tecnológico, pero se diría que sobre todo fue un movimiento obrero que intentaba defender los puestos de trabajo. Causaron cuantiosos daños en un millar de fábricas y al final cometieron también graves violencias contra las personas. Treinta luditas fueron ahorcados, y todo ese tumulto doloroso no consiguió detener ni un ápice el rugir de las máquinas. Algunos utilizan el ludismo como prueba de que no hay que tener miedo a la automatización, porque destruye empleos, pero crea otros. Seguro, pero esos nuevos empleos, ¿serán suficientes? Porque además se diría que la robotización está sucediendo en un lapso de tiempo menor que la industrialización del XIX: ¿podremos reciclarnos?

Y no se trata sólo del trabajo; como previó Asimov, los robots son una frontera de nuestra humanidad. Pueden convertirse, por ejemplo, en máquinas de matar, una posibilidad espeluznante y tan real que en 2015 más de 1.000 científicos, entre ellos Hawking, firmaron una carta abierta contra el desarrollo de robots militares autónomos que no precisen del control humano (pero Rusia anunció en abril la creación de un Terminator capaz de disparar armas con precisión milimétrica). No menos inquietantes son las máquinas de amar; ya hay varias fábricas de robots sexuales, algunos de ellos muy perturbadores: los hay que imitan niños, y existe una robot adulta que incluye varias personalidades, una de ellas frígida, que mimetiza una violación.

Está claro que no se puede desinventar lo inventado. No podemos olvidar lo que sabemos. La tecnología es una herramienta maravillosa: la cuestión es usarla de manera adecuada. Estamos en un momento fascinante, al mismo tiempo prometedor y peligroso. Tendremos que encontrar nuestro camino al futuro, y para eso me parece que nos hace falta más debate, más imaginación, más información y más pensamiento.

POR Rosa Montero

Nació en Madrid en 1951. Estudió periodismo y psicología. Escribe en El País casi desde su fundación. En 1997 ganó el premio Primavera de Novela por ‘La hija del Caníbal’ y en 2005 recibió el premio de la Asociación de la Prensa de Madrid a su vida profesional.