maneras de vivir

Rosa Montero

3 min.

Empecinados

¿Qué más tiene que suceder en Venezuela para que esos fieles devotos se caigan del caballo? ¿Que descuarticen bebés en las plazas públicas?

domingo 17 de septiembre de 2017

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Nunca he sido una persona mitómana, supongo que por temperamento pero también por haber empezado a trabajar como periodista a los 19 años, lo cual me hizo conocer desde muy joven a gente famosa y comprobar que tienen los mismos agujeros que tenemos todos. De hecho, cuando advierto algún defecto en un personaje que admiro (por ejemplo, la gran Marie Curie fue una madre muy dura), a menudo aún lo admiro más, porque eso lo humaniza y le permite servir de verdadero modelo en esa lucha que siempre es la existencia. Por eso me alucina la urgencia que tanta gente parece sentir de construirse un altarcito de dioses personales, divinidades intocables a las que se aferran con la misma fe que un cristiano integrista. En 40 años de vida profesional, pocas veces he recibido vapuleos tan airados por parte de lectores como en tres ocasiones en las que escribí algún juicio crítico sobre John Lennon, Michael Jackson y Lady Di. Y mis textos no habían sido sangrantes, pero los fans no pudieron soportar la más leve sombra en el aura luminosa de sus santos: los ídolos han de ser perfectos y sin mácula. Hay gente que parece no ser capaz de aguantar la existencia sin tener a mano algún diosecillo terrenal al que adorar. En un reportaje sobre los 20 años de la muerte de Lady Di, vi a una mujer que, por supuesto, no había conocido personalmente a la princesa, y que decía: “Fue el peor día de mi vida”. Es llamativo, ¿no? Sobrecoge el pozo sin fondo de su necesidad.

Estos extremos de mitificación nos pueden parecer conmovedores o patéticos y en cualquier caso inofensivos; pero es que por desgracia esa misma avidez de santos, y lo que es aún peor, de paraísos, se encuentra en muchos otros ámbitos sociales con consecuencias nefastas. Santo intocable es, por ejemplo, el Che Guevara, trepado a los altares en medio mundo; y, dado que los paraísos tradicionales como la URSS, China o Cuba se han ido resquebrajando con el tiempo, un número asombroso de personas en apariencia inteligentes y amables se aferran con recalcitrante ceguera a la invención del edén venezolano. Y, como sucede en todos estos procesos de mitificación, da igual que la realidad desmienta su espejismo una y otra vez; que Venezuela sea un Estado en colapso, que haya violencia, torturas, desapariciones, asesinatos y el más escandaloso pisoteo de los derechos democráticos. Todo esto no importa nada, porque los prejuicios sólo ven lo que quieren ver (ya lo decía Einstein: “¡Triste época la nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”), y porque no estamos hablando de ideas, sino de creencias. No nos encontramos en el territorio de la razón, sino de la fe.

ya lo decía Einstein: “¡Triste época la nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”

¿Qué más tiene que suceder en Venezuela para que esos fieles devotos se caigan del caballo? ¿Que descuarticen bebés en las plazas públicas? Me temo que ni aun así. El mes pasado, Óscar Puente, alcalde de Valladolid y nada menos que portavoz de la ejecutiva socialista, dijo en una entrevista que la crisis de Venezuela “estaba sobredimensionada” y que era “responsabilidad colectiva de los venezolanos” (le tuvo que corregir públicamente Lastra, la vicesecretaria general del PSOE, que habló de los más de 100 muertos en las protestas y de los 600 presos políticos). En fin, Puente no es imbécil, o eso espero; pero dijo eso en lo más álgido del conflicto y de la represión, mientras corría la sangre. ¿Qué se están jugando personalmente los que se empecinan contra viento y marea en seguir creyendo en paraísos inexistentes? Quizá les alivie cierta culpa inconsciente de poseer más que otros en este mundo de atroz desigualdad. O quizá sean individuos más frágiles y necesiten aferrarse a dogmas pétreos para aguantar la desazón de vivir. Puede que sean románticos y demasiado inocentes, es decir, ignorantes; pero lo reprobable es que se niegan a ver la realidad (atrévete a saber, como diría Kant). Y también supongo que creer en un edén terrenal alegra la vida, de la misma manera que la alegran los finales felices de Hollywood. No sé, la verdad, no me lo explico, no acabo de entenderlo, pero resulta trágico porque, bajo una supuesta defensa de una sociedad más justa, terminan siendo cómplices de tiranos.

POR Rosa Montero

Nació en Madrid en 1951. Estudió periodismo y psicología. Escribe en El País casi desde su fundación. En 1997 ganó el premio Primavera de Novela por ‘La hija del Caníbal’ y en 2005 recibió el premio de la Asociación de la Prensa de Madrid a su vida profesional.