MANERAS DE VIVIR

Rosa Montero

3 min.

Repite y vencerás

La estafa de Unetenet puede que se aprovechara de la banal credulidad humana: poner en marcha un machacón rumor para hacerlo verdad.

Domingo 29 de Enero de 2017

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NO SÉ SI recuerdan la estafa de Unetenet (vale, digamos presunta, porque el juicio aún no se ha celebrado). Un tipo llamado José Manuel Ramírez y su novia, Pilar Otero, dos listillos de unos 40 años con un radiante aspecto de relaciones públicas de discoteca, todo sonrisas y coches descapotables, montaron la típica trampa piramidal, ya saben, una de esas estructuras huecas que sólo funcionan mientras siguen captando incautos. Los detuvieron en octubre de 2015, pero aún se está investigando el alcance de sus manejos, y se acaba de saber que actuaron en 78 países. Hay que reconocer que los españoles somos los reyes de la picaresca.

Lo más inquietante es que el negocio era un engaño tan obvio que pasma pensar que alguien picara. Verán, prometían una rentabilidad anual del 188% de la inversión, y para ello lo único que tenías que hacer era copiar y pegar anuncios en una página web durante 10 minutos al día, una memez palmaria. Pero, por si esto no bastara, resulta que los incautos pagaban en euros o dólares, dinero de verdad, pero recibían sus ganancias en una moneda virtual inventada por este botarate, un dinero de mentirijillas que recibía el ridículo nombre de unete y que supuestamente equivalía al dólar. O sea, que a decenas de miles de personas no les pareció raro el estúpido e inútil trabajo que les proponían. No les mosqueó que por esos 10 minutos diarios de paripé les prometieran riquezas opíparas. Y ni siquiera les inquietó que les dieran dinero de juguete. Ellos entregaban sus ahorros contantes y sonantes y a cambio recibían los fabulosos unetes y se quedaban tan contentos. En un año y medio, Ramírez se hizo con 20,7 millones de euros en Italia, 12 en España, 3 en Estados Unidos…, y así hasta alcanzar los 78 países. Alucinante.

Es evidente que los humanos creemos lo que queremos o necesitamos creer, al margen de la veracidad del hecho, de las pruebas o de la más simple lógica

Y seguro que estos pardillos no eran todos tan idiotas como nos parecen. Es evidente que los humanos creemos lo que queremos o necesitamos creer, al margen de la veracidad del hecho, de las pruebas o de la más simple lógica. Y lo peor es que esto nos sucede a todos. Como periodista sé bien que hay que extremar el cuidado cuando estás tratando un tema en el que te sientes fuertemente implicada (por ejemplo, en mi caso podría ser la pena de muerte, de la que soy una apasionada detractora), porque es muy posible que tiendas a ignorar datos contrarios a tus opiniones o a dar por buenos, con ciega confianza, hechos no probados que te apoyen.

Y es que la credulidad humana es banal e influenciable. Múltiples estudios han demostrado que basta con repetir algo varias veces para que la gente lo acepte. Dicho de otro modo: las personas otorgamos automáticamente más credibilidad a las cosas que hemos oído antes, aunque sean falsas. Es un fenómeno que un estudio de la Universidad de Michigan llama distorsión de memoria; otras investigaciones lo denominan la ilusión de verdad. Se diga como se diga, nos sucede a todos, porque es un atajo que el cerebro toma para moverse mejor en el inmenso caos de información que manejamos cada día. Es muy posible que Ramírez, que organizaba grandes actos públicos para cazar clientes, se aprovechara de eso: de poner en marcha el machacón rumor de que Unetenet era un negocio bomba.

Que repetir convence es algo que han sabido intuitivamente los políticos desde tiempo inmemorial. Por eso todos los partidos se aferran a un puñado de eslóganes que sueltan una y otra vez como letanías. La cosa consiste en encontrar dos o tres simplezas llamativas y taladrar con ellas la cabeza del ciudadano. Es una herramienta poderosa y es lo que hace que las dictaduras, que tienen la exclusiva de la repetición, resulten tan persuasivas para la mayoría de sus víctimas. “Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”, reza una famosa frase atribuida al espeluznante Göbbels, el ministro de Propaganda de Hitler. ¿O quizá no era suya? Porque otros aseguran que la frase es de Lenin, y que Göbbels tan sólo la recogió. Pero ni unos ni otros proporcionan los datos pertinentes ni el contexto de la frase, así que quizá no la dijeran ninguno de los dos, pese a llevar la fama. Pero ya saben, basta con repetir algo las suficientes veces para que lo creamos. Aterra pensar lo débiles que somos.

POR Rosa Montero

Nació en Madrid en 1951. Estudió periodismo y psicología. Escribe en El País casi desde su fundación. En 1997 ganó el premio Primavera de Novela por ‘La hija del Caníbal’ y en 2005 recibió el premio de la Asociación de la Prensa de Madrid a su vida profesional.