Navegar al desvío

Manuel Rivas

3 min.

La desconexión del urogallo

La lenta agonía, por despoblación y envejecimiento, de una gran parte del campo es antigua. La diferencia ahora es que estamos ante una extinción.

Domingo 26 de Marzo de 2017

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POR QUÉ SE VACÍA gran parte de la España rural? Porque ha desaparecido un cultivo imprescindible: la esperanza. Esta sí que es una desconexión. La visión política mayoritaria ha consistido en asegurarse la recolecta temporal de votos. Un modelo sin modelo que resumía aquel alcalde absoluto al que preguntaron por qué había perdido votos y respondió quejoso: “No los he perdido, se me han muerto”.

El libro de Sergio del Molino, con ese título de inquietante precisión, La España vacía, define ya una época. La lenta agonía, por despoblación y envejecimiento, de una gran parte del campo. Ha habido muchas migraciones. Hacia las ciudades y a otros países más prósperos. Tiempos no tan lejanos en que el exilio y la emigración confluían en una diáspora española por América y Europa. La diferencia ahora es que estamos ante una extinción. Una mezcla de éxodo y eutanasia social. Una desconexión total. Es la palabra del momento, la “desconexión”, referida a Cataluña, la que enciende la mecha ibérica en debates y tertulias. Pero llevamos años con esta otra desconexión silenciosa e irreversible. El mapa se llena de deslugares. Las luces se apagan. Los coches de línea tienen frecuencias fantasma. Las estadísticas dibujan una pirámide tan invertida que acaba en encefalograma plano. Y sin alternativas.

"Ha ido más dinero de fondos europeos para latifundios que para cooperativas o los autónomos del pequeño campesinado"

La desconexión rural se suele presentar como un fenómeno natural. Un destino en el que los territorios también se retiran. Una retirada inevitable, como hay países que han sido prósperos y ahora son yacimientos catastróficos. Una vez más escapamos de los porqués. El equivalente a la España abandonada, en el norte e interior peninsular, es un espacio de bienestar en otros países europeos. Frente al “vacío” político, aquí también hay gente joven que lo intenta, que no abandona. Que todavía le da cuerda al reloj de la vida como una artesanía. Más allá del desinterés político, hay un accidente cultural. En España ha podido más el menosprecio de aldea, un costumbrismo en el que la figura central era el paleto que venía del campo. Estaríamos hablando de otra historia de no frustrarse la visión y el modelo educativo que representaba, por ejemplo, la Institución Libre de Enseñanza. La España oficial ha desconectado tradicionalmente de un mundo que considera subalterno o prescindible. Las élites políticas, y las otras, solo saben de la España rural por las cacerías. O por la caza de subvenciones. Ha ido más dinero de fondos europeos para latifundios que para cooperativas o los autónomos del pequeño campesinado.

Hace unos años escribí un reportaje sobre los últimos habitantes de las pallozas en la zona de los Ancares, en Galicia y León. Era como buscar al último hombre en la primera casa de la vieja Europa. Habían sucedido dos cosas extraordinarias. En una de las aldeas, había nacido una niña a la que pusieron el nombre de Zeltia. No era para menos. Un bebé mitológico al que visitaban en peregrinación los ancianos de la comarca. En un lugar aislado, había una palloza que parecía deshabitada. Me asomé. Encima de la cama, había un paraguas abierto en el que percutía una gotera. La imagen del centro exacto del abandono. No, no estaba deshabitada. Hacia el fondo del hogar alumbraba una lámpara con una luz eléctrica que parecía anterior a Edison. Había un perro tumbado que se levantó hacia mí como una sombra. Una voz de hombre llamó por él para calmarlo. No era necesario. Hacía tiempo que aquel perro había desistido de ladrar.

El Último, voy a llamarle así, me contó que toda la familia había emigrado a Barcelona. Él decidió regresar. Solía ir a la estación de tren y un día oyó el rumor de que iban a suspender la línea que llevaba al oeste, el llamado Shanghái. Tenía un teléfono móvil. Pero la palloza estaba en zona de sombra y para hablar con el nieto subía a lo alto del monte al anochecer. Él siempre le hablaba al nieto de los urogallos. No hay nada comparable, voz animal o humana, al canto de los urogallos. El centinela del bosque apuesta la cabeza por culpa del amor. Cuando le llega la época del celo, se expone al máximo con un canto que lo delata y convierte en blanco. Por eso está casi extinguido.

–Pero ya no quedan urogallos –le dije.

“Para mí y para mi nieto, sí”, me contestó con una voz de ronco incómodo. “Y además, ¡usted qué sabe!”.

POR Manuel Rivas

Escritor, poeta y ensayista nacido en A Coruña en 1957. Ha compaginado su trayectoria periodística en radio, prensa y televisión con su faceta de escritor. En 2009 fue elegido miembro de la Real Academia Galega. Premio nacional de Narrativa (1996), se le otorgó en cuatro ocasiones el premio de la Crítica.