Navegar al desvío

Manuel Rivas

3 min.

Lo urgente es esperar

Mariano Rajoy milita en el marianismo. Su movimiento más característico consiste en la espera. En la sustentación.

Domingo 23 de Octubre de 2016

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ESTE NO ES un artículo sobre política. Trata de Mariano Rajoy.

Hay muy poca elaboración teórica sobre el marianismo. Es verdad que el marianismo-rajoycista carece de un corpus doctrinal, y ni siquiera existe una edición de sus discursos, una compilación de artículos o una biografía a fondo. A su lado, las obras completas de José María Aznar alcanzan dimensiones inmobiliarias. De vez en cuando, se publican como ruinas inéditas los impetuosos artículos de un joven Mariano influido por las ideas supremacistas y tecnocarcas del padrino político Fernández de la Mora, que vislumbró el crepúsculo de las ideologías desde el puente de Rande, en la ría de Vigo.

Pero aquellas tempranas incursiones en el pensamiento peligroso quedaron como pecios elitistas en el lodo de la historia. Mariano no iba a ser el nuevo Donoso Cortés de la reacción española, ni un discípulo del jurista del Tercer Reich Carl Schmitt, jaleado y condecorado en la España franquista de los años sesenta. Pudo ir por ese camino, otros lo intentaron. Fundamentar el poder, y más si es autoritario, requiere una perpetua obstinación malhumorada. Pero Mariano tuvo la lucidez de dejar de escribir futurismos cavernícolas. Dio un paso adelante y calló. Se hizo casi ágrafo. Y ahí empezó el marianismo.

Mariano estudiaba Derecho en Santiago cuando la universidad gallega vivía con adelanto el Mayo Francés. El buen juez y poeta Bouza Brey abordó un día a un estudiante compañero de su hijo, Fermín, hoy catedrático de Opinión Pública en la Complutense, y le preguntó compungido: “¿Podría explicarme por qué mi hijo es prochino?”. El padre de Rajoy, también juez, no necesitaba hacer ese tipo de preguntas. Mariano militaba a tiempo completo en el marianismo. En su formación política fue decisiva la prensa deportiva. No es una banalidad. En el fútbol se pone en juego la teoría y la praxis, la táctica y la estrategia. También es un escenario de lucha por la hegemonía y el poder. Había un jugador en el Deportivo, Chacho, hábil con el balón en los pies, pero al que el público abucheaba por su pereza. Una vez quedó inmóvil en el centro del campo. Tremenda bronca. Y Chacho que se vuelve al público: “¡El que tiene que correr es el balón, no el futbolista!”. ¿No es eso el marianismo? También es prochino, pero en la línea Lao-Tse de Pío Cabanillas: “Lo urgente ahora es esperar”.

El movimiento más característico de Rajoy consiste en la espera. En la sustentación. En un estudio sobre las leyes físicas que operaron en el histórico gol del chileno Leonel, en 1962, que dejó pasmado al gran portero ruso Yashin y al mundo entero por la insólita trayectoria del balón, los físicos Edelstein y Gomberoff explican: “Cuando la pelota gira sobre sí misma en vuelo, su trayectoria se curva en la misma dirección de su espín”. El espín de Rajoy va en sentido contrario a las agujas del reloj. Pero lo asombroso del gol de Leonel es que culminó con una inesperada folha seca, un invento del jugador brasileño Didí que consiste en chutar con tal efecto que el balón frenará en el aire y caerá como una hoja seca.

En la larga espera, ha conseguido que la oposición se autolesionase. O que aparezca fragmentada

Los que lo facturaron como timorato (el Maricomplejines de Jiménez Losantos) estarán perplejos con la estela de ilustres caídos por el efecto folha seca del balón de Rajoy: desde el cardenal Rouco Varela hasta Esperanza Aguirre, grande de España. El esférico ha alcanzado lo que parecía intocable: la última folha seca es Aznar, caído con todo el tanque del pensamiento.

Entre los apuntes más lúcidos sobre el enigma de Rajoy se puede encontrar el blog Derecho de Galicia, donde Jacques Millot escribe: “Conocía a Mariano Rajoy todo lo bien que es posible conocer a alguien, pero, por otra parte, no sabía nada en absoluto acerca de él”. Hay muchos que suplen esa ignorancia con un recurso fácil: Rajoy como “gallego”. Rosa Díez llegó a decir: “Gallego, en el sentido más despectivo de la palabra”. Otra hoja seca.

En la larga espera, ha conseguido que la oposición se autolesionase. O que aparezca fragmentada de tal manera que nos recuerda lo que decía Onetti de un personaje: “Pertenecía a uno de los 15 grupos trotskistas de Santa Fe”. Va camino de librarse de cualquier responsabilidad política en la corrupción del partido que dirige. Y lo más increíble: ha convencido a todos, adversarios incluidos, de que unas nuevas elecciones serían la mayor catástrofe de España. Curiosa democracia esta en la que las urnas son invocadas para meter miedo.

POR Manuel Rivas

Escritor, poeta y ensayista nacido en A Coruña en 1957. Ha compaginado su trayectoria periodística en radio, prensa y televisión con su faceta de escritor. En 2009 fue elegido miembro de la Real Academia Galega. Premio nacional de Narrativa (1996), se le otorgó en cuatro ocasiones el premio de la Crítica.