Escalera interior

Almudena Grandes

3 min.

La velocidad de la sangre

Se había metido dos pastillas seguidas, luego dos rayas; veía luces, colores, escuchaba un eco imposible, pero era listo, muy listo. A él no se la daban.

Domingo 12 de Junio de 2016

COLUMNISTAS-REDONDOS_ALMUDENAGRANDES

AQUEL SÁBADO, él se puso antes que el sol.

Bum, bum, bum. Empezó a las cuatro de la tarde, una raya, una pastilla, y los auriculares a tope. Bum. Sus viejos habían llamado con los nudillos en su puerta media docena de veces, pero él era muy listo y había echado el pestillo antes de acostarse. Bum. Nos vamos a comer a casa de la tía, le habían gritado al final, no hay comida en la nevera, tú verás. Bum. Ni siquiera se había molestado en contestar. Bum. Tenía todo lo que necesitaba y la nevera de sus viejos le sobraba. Bum. Su familia le sobraba. Bum. Su vida le sobraba. Bum, bum, bum.

A las dos y media se cansó de estar acostado y miró el móvil. Su piba, sus colegas, los planes para el finde y, de repente, una vaharada agria, espesa. ¿Cuántos días hace que no me ducho?, se preguntó. No fue capaz de contestarse, pero tampoco de gobernar su cuerpo, de darle las órdenes precisas para llegar hasta el baño. No lo logró hasta que se metió una raya, una pastilla, se puso los auriculares y subió el volumen a tope, para estremecer sus neuronas con el ritmo tosco, primario, de los graves que parecían a punto de reventarle el cráneo. Bum, bum, bum. Estuvo a punto de entrar con ellos en la ducha. Cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, el agua ya salpicaba sus pies y se partió de risa al darse cuenta. Aquella fue su última risa de aquel día y la primera premonición de la muerte.

A las seis salió a la calle. Todavía era de día, pero él ya estaba muy puesto. Los auriculares le hicieron compañía hasta que llegó al parque, pero tuvo ganas de volver a ponérselos al escuchar que no había ningún coche. Es la fiesta del año, se dijo, un fiestón irrepetible, nueve horas de bum, bum, bum a todo meter, en una macrodiscoteca de un polígono que está a 20 kilómetros, la fiesta del año, ¿y yo me la voy a perder? De repente se encontró haciendo pucheros, como un niño pequeño. Se cabreó tanto que le pegó una patada a una piedra, se machacó un pie, y a partir de ahí todo fue de mal en peor.

Cuando vio venir a Lucía con Jonathan, la velocidad de su sangre empezó a acompasarse con el ritmo que escapaba del altavoz USB que alguien había conectado a un móvil. Bum, bum, bum. Ella se acercó a él, se colgó de su cuello, le besó, y a él todo le pareció falso, fingido. Se había metido dos pastillas seguidas para consolarse de la ausencia de coche, luego dos rayas para optimizar el efecto de las pastillas; veía luces, colores, escuchaba un eco imposible en todas las voces, pero era listo, muy listo, y su novia no tenía por qué haber llegado con Jonathan, aunque fueran vecinos, eso daba igual, a él no se la daban, él no se fiaba de nada, no se fiaba de nadie, era demasiado listo, y el Jonathan se reía, encima, le estaba viendo reírse, y de qué se reía aquel imbécil, que era su amigo desde que tenía memoria para recordar el significado de la amistad, pero eso también daba igual, porque se estaba riendo y de él no se reía nadie.

Bum, bum, bum, de repente se pusieron en marcha, cogieron el metro, fueron al centro, vagaron por las calles. Bum. Bum. Bum. Con el dinero de las entradas de la fiesta a la que no iban a ir pillaron unos gramos, unas birras, colonizaron los bancos de otro parque y no hicieron nada, nunca hacían nada, sólo estar. Ellos ya no eran, ya no hacían, sólo estaban. Se juntaban, se movían al ritmo de aquello que nadie más llamaba música, se reían de vez en cuando, sin saber de qué. Pero aquella noche él no se rio, no tenía ganas. Se reía Lucía, como una tonta, y seguía riéndose Jonathan, mucho, demasiado, para fomentar su furia, para acrecentarla, para arrebatarle la última hebra de conciencia que le quedaba.

Por eso empezó con ella. A las cinco de la mañana hacía mucho frío, pero no lo sentían. Lucía bailaba sola, no bailaba con él, bailaba para el otro, pensó, y la agarró de un brazo, la sacudió, la llamó de todo, hasta que Jonathan se metió en medio, para protegerla, para preguntarle si se había vuelto loco.

Lo demás fue muy fácil. Sacó su navaja, la abrió, la hundió en la tripa de su mejor amigo, volvió a cerrarla, se la guardó en el bolsillo y notó el calor.

Bum, bum, bum.

POR Almudena Grandes

Escritora nacida en Madrid en 1960. Estudió Historia y Geografía en la Universidad Complutense de Madrid y a los 29 años publicó su primera novela, ‘Las edades de Lulú’. Muchas de sus novelas se han convertido en películas. También ha escrito relatos y un libro infantil. En la actualidad es columnista en El País y contertulia en la cadena SER.