Carta Blanca

Josefina Licitra

1 min.

Belleza asimétrica

Como sucede con la técnica japonesa del ‘kintsugi’, la autora se ha recompuesto sin intentar disimular sus grietas, sino transformando el error en arte.

domingo 15 de octubre de 2017

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QUERIDO IWAO. No nos conocemos en persona, pero veo tu programa de televisión desde hace años. Me gusta la cocina japonesa y me gusta, sobre todo, ese compromiso nipón en tus dedos; la forma de armar los platos como si bordaras el nombre de un hijo en un uniforme de escuela. En cualquier caso, no es eso lo que quiero agradecerte ahora. Escribo, en realidad, para hablar de aquella vez en la que dijiste al pasar una frase que no olvido: “Es bello lo completamente simétrico, como lo es lo profundamente asimétrico”. Después seguiste hablando y disponiendo piezas de sushi en una base de loza, pero esa línea ya había sido soltada al aire. Esa es la receta que aprendí.

He crecido sobre la pregunta de la simetría. Si yo fuera un iceberg, “simetría” sería una de las pocas palabras que estarían debajo sosteniendo todo. Nací con una cara en cierto modo irregular, y desde el momento en que me reconocí distinta la belleza se convirtió en algo mayor que una cualidad. Era, más bien, un registro ontológico: una concepción que originaba mundos, y a la que debí sobreponerme, con más o menos eficacia, a lo largo de toda la vida. Porque mis días corrían con normalidad —tuve novios, amigos, marido, hijo, separación, un amor nuevo: bailé, querido Iwao, la danza espástica que bailamos todos—, pero adentro había un miasma con el que luchaba cada vez que un comentario me arrojaba, como una resaca, a los márgenes de lo deseable.

Dijiste al pasar una frase que no olvido: “Es bello lo completamente simétrico, como lo es lo profundamente asimétrico"

“La belleza es simetría”, decían los personajes de Nip/Tuck, esa serie de cirujanos plásticos. “En toda cultura, simetría y belleza parecen consustanciales”, dice el físico Leon Lederman en su libro La belleza y la simetría del universo. Inventos de la pantalla y académicos centrados en el cosmos coincidieron siempre en que los modelos pares son, en síntesis, tranquilizadoras fuentes de placer. Frente a eso, Iwao, no alcanzaba con hacerme amar o con tirarme a un batallón de señores. Yo necesitaba un principio filosófico, un vector que me pusiera en línea con las armonías del mundo.

Y entonces apareciste vos con tu verdad al paso mientras trabajabas con las piezas de arroz. Y sé que al escucharte sentí que algo, al fin, se acomodaba.

En Japón —lo sabrás— hay una técnica que representa lo que para mí ocurrió esa tarde. Se llama kintsugi, y consiste en tomar una cerámica rota y —en vez de recomponerla intentando disimular las grietas— pegar y resaltar las uniones entre las partes con resina espolvoreada con oro: transformar el error en el origen del arte. Debe ser que en Japón, con tanto sismo, han debido aprender a construirse en la falla. Pero más allá de las razones, creo que eso —kintsugi— es lo que hiciste conmigo. Luego terminaste el plato y fuiste a tanda comercial, pero yo me quedé a tu lado, incompleta y tranquila. De esa rara entereza nace hoy mi gratitud.

POR Josefina Licitra