Navegar al desvío

Manuel Rivas

3 min.

Estoy en Babia

Contra la nueva barbarie que afecta por igual a la cultura y a la naturaleza, habría que señalizar en verde la senda de las buenas librerías.

Domingo 21 de Mayo de 2017

COLUMNISTAS-REDONDOS_MANUELRIVAS

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N BABIA me siento como en una buena librería o en el interior de una cámara estenopeica. De repente, todo es resplandor y secreto. En una de esas pequeñas librerías, Desperate Literature, en la calle de Campomanes, 13, de Madrid, minúscula e infinita, encuentro una edición bilingüe de los poemas en que Emily Dickinson nombra sin nombrar a su amiga y amante Susan Gilbert, que era también la mujer de su hermano: ¡Noches salvajes – noches salvajes!, de Sabina Editorial. Traducción al castellano de Ana Mañeru y María Milagros Rivera. La primera mirada es un verso que dice: “Ella hace una señal, y comienzan los bosques” (She beckons, and the woods start). Y el siguiente: “Ella alza la cabeza, y empieza todo”. Y lo siguiente: “¡Ciertamente, en un país así / Yo no había estado nunca!”.

Yo no había estado nunca en Babia, pero Babia había estado dentro de mí. Los revolucionarios del Romanticismo alemán hablaban de un “paraíso de la posibilidad” y Ernst Bloch de “utopías geográficas”. Eso es lo que tienen hoy en común las buenas librerías urbanas y los espacios naturales salvajes como los que todavía encuentras en Babia. Ser paraísos de la posibilidad, utopías geográficas. Y hogares de lo desconocido.

En la Feria del Libro de Valladolid se apunta una idea futurista: contra la nueva barbarie que afecta por igual a la cultura y a la naturaleza, señalizar en verde la senda de las librerías.

La expresión “estar en Babia” tiene su origen en las escapadas de la realeza a esa comarca remota donde abundaba la caza. Escapadas que se eternizaban.

–¿Dónde están los reyes?

La expresión “estar en Babia” tiene su origen en las escapadas de la realeza a esa comarca remota donde abundaba la caza

–¡En Babia!

Hay una versión menos convencional, pero más cercana. La que me cuenta Ernesto Díaz, un centinela de los bosques. En invierno, desde Babia, bajaban los rebaños trashumantes hasta Extremadura. Los pastores dejaban atrás las montañas, pero Babia iba con ellos, tras-el-humo. Ya en las llanuras, cuando el pastor quedaba absorto, como ausente, decían de él: “¿Que qué le pasa al muchacho? ¡Está en Babia!”.

Están, pero no los ves. Los otros, los salvajes, los desconocidos. Babia te ayuda a esa forma de ver que es presentir. Cuando están en peligro de irse para siempre, soñamos con verlos. Estaban “mal” vistos, y hubo leyes de exterminio. Ahora están “bien” vistos, pero su salvación depende de no estar a la vista. Ernesto nos habla del lobo errático, del oso divagante. Los animales son buenos para pensar. Un quebrantahuesos, joven y errático, abre profundidad en el cielo. Si encuentra una tortuga en las nubes, como aquel que mató al trágico Esquilo, tal vez nos la arroje. Los animales son buenos para reír.

Ahora, todos somos trashumantes, menos las ovejas.

Cuando obreros y soldados tomaron el Palacio de Invierno se encontraron con las bodegas repletas de botellas de vino y muchos mamaron hasta emborracharse. Los dirigentes bolcheviques trataron de parar el desenfreno, pero Lenin intervino y dijo: “Dejadlos tranquilos, la revolución es también la Gran Fiesta”. Creo que fue el mejor minuto de Lenin en la historia.

Marc Chagall se unió a la revolución. Abrió su taller al pueblo y enseñó a pintar a las manos hambrientas. Todas querían colorear caballos. Después de aquel invierno de 1917, se celebró el Primero de Mayo como la Gran Fiesta. Chagall recuerda que fue un día único, irrepetible. La gente llevaba alzada la cabeza con la mirada fértil. En todos los balcones colgaban lienzos con caballos de colores. Un día llegó desde Moscú un comisario encargado del arte. Traía retratos de los nuevos jefes. Sus caras, eso era lo que había que pintar una y otra vez, y no caballos de colores.
Y ahí se jodió todo.

Maravillosos caballos de Babia. Caballos de colores. Una salvaje elegancia, mezcla de estirpes ibérica y bretona. Fueron caballos explotados para la guerra, para la minería. No, no puedo imaginar que acaben descuartizados para exquisitez de humanos carnívoros y ricos, o ricos y carnívoros, en la nueva gastronomía del retroceso. Pero es posible que suceda.
Y es que yo estoy en Babia.

POR Manuel Rivas

Escritor, poeta y ensayista nacido en A Coruña en 1957. Ha compaginado su trayectoria periodística en radio, prensa y televisión con su faceta de escritor. En 2009 fue elegido miembro de la Real Academia Galega. Premio nacional de Narrativa (1996), se le otorgó en cuatro ocasiones el premio de la Crítica.