escalera interior

Almudena Grandes

3 min.

Dos escalas en Estambul

Cuando empezó el embarque, las filas de sus asientos los separaron. Ella volaba en una ventana de la fila 39; él, 20 filas más adelante.

Domingo 05 de Febrero de 2017

COLUMNISTAS-REDONDOS_ALMUDENAGRANDES

SE VIERON por primera vez mientras hacían cola para abordar un vuelo a Estambul, en la terminal 1 de Barajas.
En realidad, ella le vio primero, aunque, una vez establecido el contacto, él fue más insistente. Los dos tenían aproximadamente la misma edad, a uno y otro lado de la barrera de los 50, y ambos viajaban en turista. Ella, profesora titular en una universidad pública, estaba acostumbrada. Él, arquitecto, se había quedado sin plaza en bussiness por la ineficacia de su nueva secretaria, que sólo había podido conseguirle una salida de emergencia a cambio de un precio, eso sí, incomparablemente inferior del que habría pagado por volar acostado.

Ninguno de los dos iba a Estambul, ninguno de los dos lo sabía. Por eso, él pensó que era una pena coincidir con una mujer tan atractiva en un vuelo con escala, y ella lamentó no haberse encontrado con aquel hombre tan interesante en el segundo tramo de su itinerario, un vuelo de casi 12 horas. Cuando empezó el embarque, las filas de sus asientos los separaron. Ella volaba en una ventana de la fila 39; él, 20 filas más adelante.

Mientras intentaban dormir, con resultados dispares, cada uno se acordó del otro con las mismas palabras, qué pena

La escala en Estambul no era muy larga, un par de horas en un aeropuerto casi desierto de madrugada, pero él salió primero y se fue directamente a un bar, donde se tomó dos whiskys seguidos con la esperanza de atontarse lo suficiente para dormir en su vuelo a Japón. Como había wifi gratis, se quedó hasta el último momento, y cuando se sentó en su salida de emergencia, ella ocupaba ya otra ventana, aún más al fondo. Mientras intentaban dormir, con resultados dispares, cada uno se acordó del otro con las mismas palabras, qué pena. Ella no llegó despierta a la cena, pero se espabiló a las cuatro horas. Justo cuando él acababa de dormirse por fin.

No coincidieron en las colas de inmigración. En la cinta del equipaje sí, apenas un par de minutos. Sus maletas salieron casi a la vez, pero sus trayectorias divergieron en la aduana. En la terminal de llegadas, sin embargo, casi tropezaron al dirigirse con idéntica decisión hacia el mismo cartel. Los dos se apellidaban Rodríguez, pero el conductor que sostenía un folio con ese apellido le estaba esperando a él.

–¡Vaya! –ella sonrió antes de imaginar el pésimo aspecto que tendría después de un viaje de 18 horas–. Qué casualidad.
–Sí –él le devolvió la sonrisa mientras pensaba que tenía muy buena cara–. Nos apellidamos igual.

En ese momento, una pequeña comitiva de profesores japoneses se la llevó, casi en volandas, hacia otra puerta de salida. En el último momento, giró la cabeza para mirarle y volvió a sonreír. Él maldijo su suerte en silencio, porque en otras ciudades del mundo habría tenido alguna posibilidad de coincidir con ella, en Tokio no. Tokio era demasiado grande, los trayectos en metro demasiado largos, los lugares donde comer extraordinariamente bien tantos, que pensó que nunca la volvería a ver. Eso era lo mismo que pensaba ella en el coche del director del congreso que la había invitado.

Los dos durmieron seis noches en Japón y, en efecto, no se vieron. Pero los dos tenían billete para volver en el mismo vuelo, siempre con escala en Estambul.

Los dos durmieron seis noches en Japón y, en efecto, no se vieron. Él estuvo todo el tiempo en la capital. Ella fue a Kioto y regresó el mismo día en el que él hizo una excursión a Kamakura. Pero los dos tenían billete para volver en el mismo vuelo, siempre con escala en Estambul.

La segunda fue mucho peor, y no sólo porque era bastante más larga, sino porque llegaron molidos después de doce horas y pico de vuelo y con seis horas de menos, que al llegar a Madrid serían ocho. Allí, al abordar el segundo tramo de su viaje de vuelta, volvieron a verse, pero estaban tan cansados que ninguno de los dos reaccionó. Un rato después de despegar, sin embargo, él se levantó, la buscó y la encontró dormida. Volvió a su asiento, escribió una nota y la dejó, junto con su tarjeta de visita, encima de su bandeja.

Hola, decía. Hace 10 años no habría parado hasta conseguir ligar contigo, pero estoy machacado, demasiado cansado para hacer nada mejor que esto. Me encantaría que me llamaras, un beso.

Al volver a su asiento, cruzó los dedos mientras reconocía, a su pesar, que el problema no eran las horas, sino la edad.
Al despertarse, ella vio la nota y sonrió, pero cuando fue a buscarle, él se había quedado dormido.

POR Almudena Grandes

Escritora nacida en Madrid en 1960. Estudió Historia y Geografía en la Universidad Complutense de Madrid y a los 29 años publicó su primera novela, ‘Las edades de Lulú’. Muchas de sus novelas se han convertido en películas. También ha escrito relatos y un libro infantil. En la actualidad es columnista en El País y contertulia en la cadena SER.