escalera interior

Almudena Grandes

3 min.

Al otro lado de la delgadez

Sus amigas no fueron capaces de descubrir la razón de su rápida pérdida de peso. Cuando por fin les contó lo que había pasado, no lo podían creer.

domingo 29 de octubre de 2017

COLUMNISTAS-REDONDOS_ALMUDENAGRANDES

LAS MADRES del colegio la felicitaron como si acabara de ganar un premio.

—¡Pero cómo has adelgazado!

—¿Qué has hecho?

—Te has quedado estupenda…

Ella contraía los labios en una mueca que no llegaba a sonrisa y no daba explicaciones. A veces pensaba que se las merecían, y calculaba lo a gusto que se quedaría si les contara la verdad, si les recomendara incluso el mismo método. Luego miraba a sus hijos y se echaba para atrás. Nada, decía, y era la verdad, pero como sabía de antemano que sus interlocutoras no la creerían, repetía el texto de cualquier anuncio, un poco de dieta, ejercicio, beber mucha agua…

Sus compañeras de trabajo la miraban en silencio, como si sus ojos pudieran calibrar el volumen que su cuerpo perdía de día en día, y se miraban entre ellas después, intentando disimular un gesto de preocupación. Lo hacían tan mal y parecían tan angustiadas que les contó lo que había pasado con varias semanas de antelación sobre sus propios cálculos. Y primero, antes que las palabras, fueron los abrazos.

—¡Pues menos mal!

—Sí, porque… Tú estarás hecha polvo, pero nos temíamos algo peor.

—Imagínate, adelgazar de esa manera en tan poco tiempo, ¡qué susto!

Ahora, en la mitad de su vida, cuando todos los que la conocen ya se han acostumbrado a su belleza, sigue siendo una mujer espectacular

Sus amigas nunca pensaron en una enfermedad grave, porque detectaron su tristeza antes de que empezara a adelgazar. Ninguna fue capaz de descubrir la verdad, sin embargo. Fueron cambiando de hipótesis, de un empeoramiento de la salud de sus padres a problemas laborales, de una depresión súbita, inexplicable, a un trastorno de alguno de sus hijos, de una emergencia económica a una aventura amorosa que había terminado mal, y no acertaron ni remotamente. Cuando por fin les contó lo que había pasado, el silencio se prolongó durante minutos enteros.

—No me lo puedo creer.

—Yo tampoco.

—Es que es increíble.

Y la reacción de los amigos de su marido fue tan idéntica como si estuvieran repitiendo las frases escritas en el mismo guion. Nadie se lo creía, pero eso no la consoló. Al contrario, comprobar que quienes la rodeaban jamás habrían sido capaces de descubrir la verdad por sí solos la sumió en una perplejidad que ahondó su amargura.

—Si acaso al revés, ¿no?

—Ya, eso estaba yo pensando, que al contrario sería más lógico.

—Yo creía que habías adelgazado tanto para volver al mercado, fíjate…

Ella siempre ha sabido que es guapa, muy guapa, incluso demasiado guapa. Cuando era más joven, tanta belleza había representado un problema para su carrera profesional, porque sus interlocutores varones se quedaban tan embobados mirándola que apenas la escuchaban, porque ciertas mujeres se ponían automáticamente en contra suya antes de que tuviera tiempo para abrir la boca, porque en los departamentos de personal intuían que tanto esplendor acabaría creando problemas. Era consciente de eso y había luchado para imponerse a su belleza sin renunciar a ella, aunque a menudo ese don la había obligado a acumular brillantez y horas de trabajo, a hacer las cosas el doble de bien de lo que le habrían exigido a una chica mona a secas.

Ahora, en la mitad de su vida, cuando todos los que la conocen ya se han acostumbrado a su belleza, sigue siendo una mujer espectacular, tan guapa que, al mirarla, nadie echa de menos la juventud que la ha abandonado, ni se detiene en unas arrugas incapaces de matizar siquiera su perfección. Hace poco, mientras tantas mujeres de su edad se planteaban aprovechar los últimos rescoldos de su suerte, lanzarse a una pasión tardía y suicida, poner su vida boca abajo para alargar un poco el fervor, para retrasar unos años la despedida, ella estaba tranquila, volcada en su carrera, en sus hijos, en una vida razonablemente satisfactoria, definitiva. Hasta que un buen día, sin crisis, sin dramas, sin amor, sin desamor, sin pasión, sin terceras personas, su marido la dejó. Le dijo que no quería seguir viviendo con ella, que quería estar solo, que no estaba bien. Ni una palabra más.

Así empezó a adelgazar. No lo buscó, no se lo propuso, no dejó de comer, y sin embargo fue perdiendo peso como si su cuerpo tuviera una voluntad propia, autónoma, desligada de la suya.

Hasta hoy. Hoy acaba de pesarse. Ha engordado 150 gramos y, por fin, ha visto que hay luz al otro lado de la delgadez.

POR Almudena Grandes

Escritora nacida en Madrid en 1960. Estudió Historia y Geografía en la Universidad Complutense de Madrid y a los 29 años publicó su primera novela, ‘Las edades de Lulú’. Muchas de sus novelas se han convertido en películas. También ha escrito relatos y un libro infantil. En la actualidad es columnista en El País y contertulia en la cadena SER.